El camino de Emaús (T1:E4)
Un nuevo caminante
En el tercer capitulo observamos como dos discípulos de Jesús se alejaban de Jerusalén y conversaban sobre todo lo que había ocurrido (Lc. 24,14), sin duda una imagen contradictoria, pues no es fácil explicar cómo dos de sus seguidores se alejan de él, justo el día en que unas mujeres y Pedro atestiguan que el sepulcro está vacío. Reflexionamos que hay muchas ocasiones en nuestra historia de vida en que podemos hablar de Dios, pero nuestro caminar refleja que nos alejamos de él; es decir, nuestro discurso es uno y nuestro comportamiento es otro.
Hoy los invito a seguir este hermoso pasaje, ahora desde el siguiente versículo de la narración lucana:
“Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y se puso a caminar a su lado” (Lc. 24,15).
Sabemos por la escena anterior que los dos discípulos iban conversando acerca de todo lo que había ocurrió. Aunque los lectores tenemos conocimiento de todo lo sucedido en los últimos tres días, no sabemos con certeza de qué conversaban y discutían específicamente los discípulos. En todo caso, si el tema los llevó a discutir, se trataba de algo que les debía generar molestia; es decir, ahora sabemos que los dos hombres decidieron alejarse del monte Sion (Jerusalén), por algo que los frustraba.
Acerquémonos a estos hombres desde nuestra propia realidad. Si somos algo empáticos entenderemos que sus vidas están desajustadas. ¿Cómo es que algunos días atrás eran felices seguidores de Jesús y ahora se alejan de él en un estado emocional disconforme? Sin duda, lo ocurrido los molestó tanto que tomaron la decisión de alejarse de su maestro. No es difícil encontrar en nuestra historia personal momentos similares a los que vivieron esos hombres. ¿Cuántas veces hemos decidido dejar a un lado nuestra fe y caminar en otras direcciones? No porque si, sino porque en ocasiones sentimos que entregar nuestro tiempo y corazón a Dios parece no tener rédito.

Aunque en ocasiones parece extremo y lejano ese comportamiento, al escanear nuestra vida descubriremos que nos ha ocurrido con frecuencia; solo para dar un par de ejemplos: al enfrentar una enfermedad y orar a Dios pidiendo nuestra sanación, no nos recuperamos en el tiempo y con las condiciones que deseamos; así decidimos abandonar a Dios y acudir a otros medios que prometen milagros de sanación inmediatos y tangibles. Un segundo ejemplo puede ser cuando estamos en alguna dificultad económica y pese a reconocernos confiados de Dios, decidimos aceptar caminos fáciles y moralmente cuestionados para solucionar nuestras necesidades, creyendo que es la forma en la que el Padre atiende nuestra necesidad. Al revisar, sin duda estaremos llenos de experiencias donde nos hemos alejado de Dios de mala manera, discutiendo y seguramente reprochándole su falta de escucha y atención a muestras necesidades.
Volvamos al pasaje de Emaús, específicamente al versículo que estamos detallando, pues nos dice que justo “Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y se puso a caminar a su lado”. Qué hermoso describe el narrador el momento, pues señala que no fue antes o después de la discusión, fue justo mientras se alejaban conversando y discutiendo que el Maestro se les acercó y caminó con ellos. No se trata de una deidad que llega muy temprano o tarde, sino que llega en el momento perfecto, cuando se vive el dolor o el sufrimiento humano. El autor sagrado nos ofrece una clave para nuestra reflexión: Dios sabe todo y conoce en qué momento debe acudir a nuestro rescate o salvación.
En línea con lo anterior, llama la atención que Jesús no se hizo presente por invitación de los hombres, sino que fue por su propia iniciativa que se acercó a los caminantes, quienes reflejaban decepción y tenían la intención de alejarse de Dios; es decir, él conocía de antemano lo que atormentaba a estos hombres y antes de que ellos lo buscaran, él ya estaba a su lado. Detengámonos a meditar un poco en este cuadro: un Dios que conoce nuestras angustias y acude por iniciativa propia a nuestro encuentro, decidido a caminar con nosotros, a nuestro lado.
Dice el relato: “se puso a caminar a su lado”, no delante o atrás, al lado; de igual a igual, acogiendo la naturaleza humana, asumiendo plenamente su realidad de huida, Cristo quiere entender a los hombres de manera perfecta, por eso caminar a su lado significa vivir la experiencia de descenso con ellos, paso a paso, respirando su dolor y sintiendo la fatiga del camino, como la vivían ellos. Recordemos que Jesús es Dios hecho hombre, que se iguala a nosotros, menos en el pecado, para así acogernos en nuestra debilidad y levantarnos.
Quedémonos con esa imagen de un Dios que se acerca a nuestra vida, a nuestro caminar, porque conoce que algo nos inquieta y quiere recorrer ese camino junto a nosotros. ¿Qué hicieron los discípulos al ver a Jesús a su lado?, ¿cómo impactó en los hombres la presencia de Jesús como compañero de camino? Estas y las preguntas que cada uno de ustedes se hagan serán resueltas en los siguientes pasos de este maravilloso viaje, llamado El Camino de Emaús.
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