La Sagrada Escritura

La encarnación en las Sagradas Escrituras

Uno de los ejes más profundos de nuestra fe cristiana es el misterio de la encarnación, en éste leemos cómo el creador ama profundamente a su criatura, al punto de hacerla partícipe de su divinidad, rebajándose a su humanidad; sin duda, es una expresión infinita de amor, misericordia, servicio y entrega generosa. Cristo es la plenitud de la encarnación, en él se consolidó todo el proyecto de salvación, un proyecto que inició en la encarnación y se hizo pleno en la resurrección.

Ahora bien, la encarnación de Dios en el contexto humano no se hace realidad exclusiva en la persona de Cristo, en ella se materializa, pero no es la única manera de advertir a Dios inmerso en el plano humano. Las Sagradas Escrituras son un testimonio vivo de un Dios que se hace hombre para salvarnos, pues se trata de la obra de un Dios-inspiración que penetra el corazón humano y respeta su naturaleza; en todo caso, juntos (Dios – Hombre) producen el mensaje salvador.

Al decir que las Sagradas Escrituras son la palabra de Dios reconocemos en ellas el mensaje divino, pues Dios es el autor/creador del mismo y, por ende, responsable de su resultado; sin embargo, no podemos desconocer el aporte humano, pues Dios elogió a hombres reales, inmersos en contextos sociales que no se excluyen en la elaboración de los textos, sino que, por el contrario, son claramente plasmados en los mismos. Lo anterior nos permite reconocer que en las Sagradas Escrituras también hay un autor humano de gran importancia.

Por eso podemos decir que las Sagradas Escritura son también una forma de encarnación, pues, con su palabra, Dios desciende en busca de su criatura y la llena de su amor y sabiduría, la colma de su espíritu para expresarle su amor y misericordia. El complemento es el hombre que sale al encuentro de su Dios, lo acoge y se reconoce amado por él. Hoy todos podemos vivir esa misma experiencia al leer y meditar la palabra de Dios, podemos reconocer en ella cómo actúa Dios en nosotros y cómo, a su vez, nosotros nos unimos a él, nos dejamos encarnar por Él, reconociéndonos amados y salvados.

Ahora bien, debemos asumir nuestra realidad de encarnados; es decir, ser conscientes de que Dios actúa a través de nosotros y, por ende, somos sacramentos de salvación. Es importante abrirnos a la experiencia de leer y meditar las sagradas letras, pues ellas nos permitirán crecer en esa conciencia de encarnados y poder brindar un testimonio de amor y misericordia.

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