Renovando el amor a mi Madre eterna

María modelo de silencio y humildad

Durante las últimas semanas, hemos reflexionado con mi grupo de oración de los martes acerca de la figura de la Santísima Virgen y dicha consideración me ha permitido actualizar las bases de mi fe y renovar mi veneración por María. Con la Santísima Virgen, Dios nos enseña un modelo de seguimiento marcado por el silencio y la humildad. Por su condición de mujer obediente, leal y dócil a la palabra fue predestinada para ser la madre del Salvador; es justamente a esa Mujer (con “m” mayúscula) a quien quiero referirme hoy.

 

María la madre de Dios y madre nuestra en toda la historia

Es frecuente considerar a María como una figura de gran importancia en la historia de la salvación, pues ella, prefigurada desde el Génesis (Gen 3, 15), nos anticipa la venida del Mesías con la misión de derrotar el mal y reconciliarnos con Dios; sin embargo, esta consideración en torno a María, como muchas otras, la consideramos solo como un suceso histórico; si bien eso no es malo, por lo menos es incompleto, pues no nos referimos a un Dios limitado por la temporalidad, sino que hablamos del dueño del tiempo.

En ese contexto, la madre del Salvador no es una figura del pasado, sino del presente continuo; es decir, ella está prefigurada para traernos permanentemente a Cristo, justo así para que nos reconciliemos con Dios. María actúa hoy, pues Dios la eligió para ser la madre perenne de la humanidad a través de la historia.

María y el vigente misterio de la encarnación

María es un verdadero misterio para los hombres, pues no es fácil entender cómo Dios, creador de todo y capaz de lo imposible, se valió de una mujer sencilla para encarnarse en los hombres. Sin duda, Dios podría hacerlo sin auxilio humano, pero lo hizo y eso significa mucho, entre otras cosas, la gran importancia que tiene María en la encarnación de Dios hecho hombre.

Por tanto, María fue el recurso que usó Dios para encarnarse en la humanidad, a través de ella llegó en un momento de la historia y llega en el presente, como salvador hecho hombre. Estos misterios, el de la encarnación y el que corresponde a la figura de María, nos deben permitir reconocer a Cristo encarnado a través de María en nuestra vida, pero también sirve para valorar y agradecer el papel que María ofrece hoy como recurso para la encarnación de Dios en nuestros corazones.

María, la llena de gracia

Ahora bien, el saludo del arcángel Gabriel a María nos revela una característica superlativa de ella: es la que lleva de gracia (Lc. 1, 28), pues Dios la eligió y la colmó de gracia, con la misión de que ella la entregue a cada uno de sus hijos. Así como lo hizo en principio con su prima Isabel, María nos otorga la gracia de reconocerla como madre de Dios. Reitero, este hecho es actual, pues cuando aceptamos su visita, escuchamos su llamado y la acogemos en nuestros corazones, podemos reconocer a Cristo como nuestro único Señor y Salvador.

Sin duda, hoy necesitamos la presencia de Dios en nuestras vidas y en la sociedad, para ello debemos preparar nuestros corazones para la visita de María, quien es mensajera, misionera y discípula de su hijo, Nuestro Señor Jesucristo; ella es portadora de las gracias y los dones que tanto requerimos para poder reconocer y acoger a Dios en nuestra vida.

Hablar de María es recrear el amor de Dios por sus criaturas, hablar de ella es reconocer la bondad y la misericordia de Dios, quien se encarnó como hombre y se encarna hoy en nosotros, a través de ella, para rescatarnos y llevarnos a la salvación. María es madre de gracia y madre de misericordia ayer, hoy y siempre.

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