Valorar a nuestros pensadores

Valorar a nuestros pensadores

Vivimos una época donde pensar se ha vuelto un comportamiento exótico. Preferimos que nos entreguen todo masticado, listo para consumir, sin necesidad de filtrar o de analizar si lo entregado tiene sentido o no; incluso, somos incapaces de ver si los mensajes se ajustan a nuestra realidad o necesidades.

La multiplicación de las ofertas digitales, la publicidad intensiva y una educación mediocre que no estimula el pensamiento crítico (como lo demuestran las pruebas internacionales), nos convierten en presas fáciles para engaños comerciales y, claro, políticos.

Un síntoma de nuestra inversa jerarquía de valores es que asignamos el papel de pensadores a los políticos, al creer equivocadamente que estos últimos son seres brillantes que reflexionan permanentemente, cual filósofo, acerca de los verdaderos problemas del país. En forma ingenua suponemos que quienes nos gobiernan actúan de manera juiciosa, altruista y mesurada, ofreciendo soluciones que debemos acatar sin ningún análisis, pues ¿quiénes somos como pueblo para dudar de la idoneidad de nuestros estadistas?

Se nos olvida que nuestros dirigentes simplemente leen la realidad bajo la óptica de sus intereses y ambiciones políticas; es más, gracias a nuestra ignorancia social caemos una y otra vez en sus discursos retóricos desgastados.

Todo lo anterior para decir que, como sociedad, debemos reflexionar más, ser más críticos acerca de nuestra realidad y promover a los pensadores reales, profundos y sin intereses políticos. Este es un llamado para que, al encontrar un brillante pensador, no lo empujemos a la política, pues esto es sacrificarlo a los leones y con ello privarnos de voces sensatas que nos ayuden a entender los tiempos que vivimos.

Para elevar la calidad y compromiso de nuestros políticos, somos los gobernados quienes debemos crecer en pensamiento crítico. A la vez, debemos evitar que los pensadores más relevantes se contaminen de la influencia politiquera barata; obvio, también debemos darles el lugar que les corresponde: escucharlos y valorarlos, asignarles el verdadero papel de influenciadores, dejando de usar tal etiqueta para las “estrellitas” digitales, cuyo vacío de ideas y valores poco aporta a la construcción de sociedad.

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