Sal de la Tierra y luz del mundo
La misión del catequista
En días de oscuridad moral, cuando el mundo clama por una renovación en valores y principios, anunciar a un Cristo vivo que da sentido y propósito a nuestra vida desde el amor, es una tarea urgente y de profundo impacto social. En este marco, la catequesis y el catequista tienen un papel y una responsabilidad que, en muchos casos, no se entiende y, por lo regular, poco se valora.
Quiero tomar la Palabra de Dios, específicamente el texto de Mt. 6, 13-16, para exaltar la relevancia de la labor sencilla, humilde y de gran alcance de los catequistas, enmarcada en la invitación de Jesús; a los pies del Mesías, sus más cercanos seguidores le escucharon decir: “vosotros sois la sal de la Tierra” (Mt. 6, 13a), y “vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 6, 14a). Estas palabras no son una invitación general y ambigua, son una solicitud específica a un grupo concreto: quienes se han acercado a él y han acogido su Palabra.
Jesús, en su hermoso y profundo Sermón de la Montaña, después de finalizar la promulgación de las bienaventuranzas, les habla a sus más cercanos, reconociendo que la situación del pueblo (la humanidad) ha caído en una falsa fe, colmada de superficialidades que le roban el verdadero sentido a su existencia, la cual se ha vuelto insípida. Jesús nos llama a ser la sal que impregna el “sabor” de Cristo, una sal que no se guarda ni se deja envejecer, sino que transforma la vida, da color, aroma, textura y alegra nuestra mortalidad; la sal del cristiano convoca, reconcilia y promueve la caridad entre hermanos.
Hoy debe resonar en quienes hemos sentido el llamado a anunciar a Cristo, la invitación a ser la sazón; en este contexto, son los catequistas quienes, a los pies de Jesús, escuchan su invitación, la acogen y la ponen en práctica.
Ser sal de la Tierra implica que el catequista debe involucrarse, hacerse uno con quienes quiere sazonar; pues aún no podemos aderezar un plato a través de un mensaje digital, debido a que esto debe hacerse de manera directa. Ahora bien, el primer paso para ser sal de la humanidad es dando ejemplo y testimonio de una existencia que es reflejo del amor de Dios; es decir, desde nuestra narrativa, convertir la vida en un modelo de seguimiento a Cristo.

Jesús también nos envía a ser luz del mundo. Aquí es necesario resaltar que no se trata de una luz limitada a un espacio o grupo específico; al decir “luz del mundo” se refiere a derrumbar barreras y prejuicios. A través de nuestra manera de vivir y de nuestro espíritu de amor, debemos reflejar a un Dios que es misericordioso con todo tipo de personas; claro, este ejercicio debe empezar a practicarse en nuestra vida, luego en nuestra familia, pasa a la comunidad cercana y finalmente debería tener un alcance universal.
Es necesario cuidar de no malinterpretar la invitación de Jesús, pues no se trata de exhibirse para que los demás reconozcan nuestra labor de evangelización; de ser así, el mismo Jesús nos advierte que no esperemos recompensa del padre (Mt. 6, 1). El corazón de un seguidor (catequista) debe estar orientado hacia Dios y no por el reconocimiento de los hombres; al ser luz para la humanidad debemos buscar que sea la luz de Cristo la que brille e ilumine a los demás.
He tomado este texto para exaltar y agradecer el inmenso aporte que hacen los catequistas en la labor de evangelización del reino. Recuerdo que en mi preparación para el sacramento de la confirmación (hace muchos años) mi catequista, a partir de este texto, nos invitaba a ser mucho más que simples oyentes y nos estimulaba a comprometernos con la invitación que hacía Jesús para ser sal de la Tierra y luz del mundo, exhortación que me enfiló en la causa de ser catequista para toda la vida.
Ser catequista refleja lo dicho por Jesús en el Sermón de la Montaña, pues lejos de ser una tarea para el reconocimiento de los hombres, se centra en mostrar el amor de Dios a los demás, con la única intención de que sea Cristo quien toque sus corazones y permita una conversión real y duradera.
Hoy les envío un saludo especial a todos los catequistas, reconociendo su valentía al acoger este llamado, en un mundo que nos invita a los placeres instantáneos e intranscendentes. Ruego al buen Dios para que acoja la sencillez de su tarea y les recompense con más fe, amor y esperanza.

