Señor, que mi felicidad esté solo en ti
Señor, que mi felicidad esté solo en ti
Domingo 4 de agosto de 2019
Eclesiastés (1,2;2,21-23), Sal. (89), Carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-5.9-11), Evangelio según san Lucas (12,13-21)
Sin duda, meditar y reflexionar sobre la Palabra de Dios no es una tarea fácil, más aún cuando ésta nos habla de manera tan dura y contraria a lo que la sociedad nos enseña y adoctrina. Nuestros modelos de vida y cultura nos exigen acumular riqueza y poder; nos piden aferrarnos a lo material, a la juventud, a lo efímero; en general, a todo lo del mundo. Sin embargo, hoy Dios nos dice “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!”
Es seguro que estas reflexiones diarias compitan en las redes sociales con mensajes mucho más atractivos, que nos invitan a cómo ser feliz fácilmente, cómo conseguir dinero sin mayor esfuerzo, conocer los secretos de la eterna juventud o simples contenidos donde se expresa un estilo de vida ideal y placentero; sin embargo, eso también sería “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!”
A partir de la parábola del hombre rico, Jesús nos enseña que nuestro sentido está más allá de la riqueza y de las vanidades, que estamos llamados a ser habitantes del cielo y simples pasajeros del mundo. He aquí la novedad de Cristo, pues si lo acogemos sinceramente en nuestro corazón, vivir adquiere un sentido mayor y trascendente, liberándonos de la esclavitud cotidiana y de las exigencias efímeras del mundo.
Mi amado Jesús, permíteme entender que la felicidad no está en lo material, en el poder o en el egoísmo, pues todo eso es idolatría; ilumina mi vida con tu sabiduría para reconocer en cada instante de la vida una oportunidad para acercarme a mi destino, la vida eterna.
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Pregunta del día: ¿cuáles son tus signos de vanidad?
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